Mensajes


     Nueve de la mañana. Me despierto sin querer. Me hago la idea de que quizás, por alguna remota razón, estás ya despierto. Miro el celular.

     Nada.

     Asi que te escribo. Un mensaje, sencillo pero claro. Una indirecta, algo que leído entre líneas señale que me levanté con muchas ganas de vos.

     Y me vuelvo a dormir.

      A las doce vuelvo a despertarme. Seguramente a estas alturas ya me respondiste, pienso. Pero no, no lo viste aún.

     Hasta que lo ves. Y sólo lo ves. 

     Nada más.

     Me consuelo pensando que quizás estás ocupado, que seguro se te pasó, que no tenés nada contra mí sino que no podes dirigirme tu atención porque algo de fuerza mayor lo está impidiendo. 

     Y como tengo esa maldita manía de maquinarme, empiezo a analizar todas las posibilidades. Todas las razones por las que podrías ignorarme. No puedo parar, no puedo controlarme. Las explicaciones son cada vez más y más pesimistas hasta que llego a esa idea loca, extremista y deprimente de que no te importo.

     No te importo. Así de simple.

     No te importo. ¿Por qué te importaría? ¿YO? ¿YO que estoy lejos? ¿YO que siquiera te conozco? ¿YO que apenas empiezo a hacerme un puñadito de lugar en tu vida? No. Es lógico. No tengo por qué importarte. 

     ¿Pero sabés qué me molesta? ¿Sabés qué es lo que me carcome la cabeza, lo que me quema por dentro y me impide conciliar el sueño hasta altas horas de la noche? Yo. YO me molesto. Yo me reto, me regaño, me avergüenzo de mí misma. Porque a mí sí me importás.

     Me importás y CUÁNTO me importás. Me importas tanto que con sólo pensar en tu nombre me resulta inevitable mordisquearme el labio. Tanto que pienso en vos y me sonrío. Tanto que imagino tu rostro y me cosquillea el pecho. Tanto que cualquier canción me recuerda a vos, todo tema de conversación termina en tu nombre y un comentario tuyo puede alegrarme o arruinarme el día en un segundo. Tanto que quiero saber si tuviste un mal día, una mala semana, si te pasó algo increíble o si te pasaste la tarde tirado en el sillón escuchando tus canciones favoritas. Tanto que quiero saber cuáles son esas canciones favoritas, qué te gusta comer, qué películas te fascinan aunque las hayas visto mil veces, qué hacés cuándo te aburrís. Qué pensas. Qué pensas de TODO, qué pensás de política, de la sociedad, de mí. Tanto que quiero conocer tus sueños más fantasiosos y tus facetas más oscuras de memoria. Tanto que quiero acompañarte en cada locura que te quieras mandar.

     Tanto que te escribo. 

     Me molesta. Me molesta porque importarme tanto te da poder sobre mí. Te da poder sobre mis emociones, sobre mi corazón. Te da el poder de elevarme por los aires hasta llegar a Venus o de descenderme hasta el centro de la Tierra haciéndome chocar contra cada capa que lleva a ella para luego quemarme viva. Te da el poder de estrolarme contra una pared. En otras palabras, en mi mundo sos todopoderoso.

     Pero vuelvo a mandarte un mensaje. ¿Por qué? No sé. Porque me dejo manipular por mis pasiones, quizás. O porque tengo alguna esperanza de que me correspondas. Tal vez porque mi corazón rebalza de amor para dar y se empeña en que lo tenés que recibir vos. No sé. No sé por qué pero me dejo. Me dejo llevar, me dejo caer, me dejo querer y me arriesgo a que me quiebres entera, rogando al destino que no lo hagas. 

     Me la juego. Pongo mi corazón, mi felicidad, mi confianza sobre la mesa, sobre tus manos. Y entonces todo queda en vos.

     Y parece que se me fue la vida esperando, pero al final aparecés.

     Y al final puede ser que estuviera equivocada.

"Te quiero muchísimo y me podés como nadie".


Puede ser, sólo puede ser... que sí te importe.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sola

El Show

Sobre Ojos Y Otras Adicciones