Sola
Mi vida va de maravilla. Es como de ensueño, enserio. Una etapa ya inaguantable de mi vida se terminó y al fin puedo ser simplemente lo que soy, tomar las riendas de mi destino, brillar con mi propia luz y ser apreciada por todo lo que en el pasado no lo fui. Sueños de mi infancia, aunque aún no me puedo explicar por qué, comienzan de pronto a cumplirse y me siento más poderosa que nunca. La gente no para de reconocerme por doquier, de felicitarme, de buscarme. Siento por primera vez cómo mi alma se eleva y cómo su resplandor se hace más y más presente.
Sí, mi vida va de maravilla. Nunca me habría imaginado que las cosas que me están pasando, los riesgos que estoy tomando y todo lo que estoy obteniendo por ello serían posibles. Después de tantos años de esmero, recojo los frutos de los árboles cuya semilla planté hace ya mucho tiempo.
¿Y cómo me siento al respecto?
Regia. Me siento regia, claro que sí. Todo el mundo busca el éxito. Todos deseamos explotar nuestro potencial y que la gente nos observe con admiración. Todos queremos ser el más talentoso, el más destacado, el mejor. Escalamos, escalamos y escalamos nuestra eterna montaña de ambiciones y nos olvidamos del monstruo que nos espera en la cima. Ignoramos que todo, incluso el éxito, tiene un precio.
Hasta que nos lo cobran.
Y es entonces cuando en medio del verano alegre y acogedor llega una noche fría, oscura y misteriosa sólo para pasarme un aviso. El mundo está callado, en mi hogar todos duermen y despierta quedo solamente yo. De pronto el silencio se hace más notorio, más pesado. Siento un vacío dentro mío -quién sabe de dónde proviene- y todo se vuelve un poco más sombrío. Me salta la piel de gallina y mi piel pide algo... algo como contacto, como una sencillísima caricia. Instintivamente, por la ola helada que recorre mi cuerpo, pongo mis piernas delante de mí y las abrazo. Y aunque no tenga explicación, aunque suene ridículo, aunque sea de lo más inesperado, de mis ojos brotan algunas tímidas lágrimas... y me largo a llorar. No es un llanto suave, no es una leve garúa sobre mis rodillas. Es un diluvio, una catarata que sin saber contenía en mi interior. Es tan, pero tan agresiva su fuerza y su caudal que percibo cómo mi cuerpo es progresivamente consumido por el dolor y la rabia, corriendo por mis venas lamento en lugar de sangre. La nostalgia y el abandono rasgan mi piel, mi felicidad es apuñalada una y otra vez, mi pesar se hace más intenso. Es un llanto silencioso, secreto, pero retumba en mi cabeza como un grito desgarrador. Cada gota que cae es un pedacito resquebrajado de mi corazón. Lloro. Lloro como hacía tiempo no lloraba, y cuando eso acaba es como si se hubiera derramado mi ser, como si no quedara nada más dentro de mí.
El momento cesa, dejándome débil, rota, destruida. Aun quedan las tinieblas de la tormenta que acaba de pasar, pero en la escena sólo estoy yo. Lo único que necesito en este mismo instante es un apoyo, un mensaje de amor, un abrazo. Pero no los obtengo. El aviso acaba de ser brutalmente enviado.
"Estás sola", me susurra el alma.
Y si estoy sola en esta tormenta, no sé qué tan de maravilla me puede ir.
😲😲😲
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