Extra

Y como lo intuía,
arribó a la siguiente estación
y se bajó.

Sin mirar atrás.
Sin despedidas.
Sin explicar el por qué de su partida.
Se fue tan despacito,
tan sigilosamente,
que por poco ni lo vi;
que me di cuenta de que ya no estaba
cuando lo busqué
en cada
recoveco
de mi corazón
y los encontré
todos
vacíos.
Que no me dio tiempo a preguntarle
a dónde iba, ni por qué iba ahí,
ni por qué me abandonaba
ni por qué mis ganas no alcanzaban
para que se quedara
abrazando a mi alma
un ratito más.

Y es que resulta que yo
ni tan siquiera fui una estación.
Fui el tren, el subte, el colectivo
que lo alcanzó hasta su destino
y del que se fue sin pagar el boleto.

Y aunque mucho, 
quizás demasiado tiempo lo quise negar,
la verdad es que nunca fui su hogar.
Fui el hotel en una isla paradisíaca
en el que se quedó sin que le cobrara estadía.
Al irse no dejó ni una de sus valijas
y como si no fuera suficiente, me desvalijó.
Para cuando quise cachearlo
ya se había marchado.
Sin hacer check-out.

Me montó un circo impresionante,
una película espectacular,
en la que me creí equilibrista
Y personaje principal.
Pero en realidad
solo era
el bufón
y él se reía en mi cara
sin señales de compasión.

¿Y lo peor?
Todos, incluyéndome,
vimos venir este desenlace
pero se veía tan linda la portada
que olvidé leer la trama.
Era tan llamativo el titular
que no presté atención a la noticia,
tan llevadera la melodía
que no escuché la letra.
Ignoré a mis neuronas
que gritaban del horror
sólo porque a mis receptores sinápticos
les agradaba la epidérmica sensación
que actuaba como anestecia local.
Le falté el respeto a mi corazón,
al que cada vez le costaba más bombear,
sólo por aislados momentos de alta presión
que aún así no alcanzaban para recompensar.

Y ahora estoy destruida,
abandonada,
aturdida.
Con la sangre hirviendo
y los alveolos hiperventilados.
Con los ventrículos atrofiados,
los axones haciendo cortocircuito
y un cáncer que me consume;
el recuerdo de su amor.
La cicatriz que me marcó de por vida,
que me dejó conectada a una máquina en el hospital,
encerrada entre las cuatro paredes
de mi avasallante soledad.

Al mirar en retrospectiva,
descubrí que dejó un mensaje
escrito con liquid paper
en un asiento del bondi.
Unas palabras trazadas
en el vapor del espejo
que había en el baño del hotel.
Una despedida encubierta
entre los interminables créditos
al final del filme.

“Este no es el final.”

¿No lo es?
¿Y cómo volver
a subir a un coche
que se averió?
¿Cómo regresar
a un hotel
que cerró por bancarrota?
¿Cómo ver de nuevo una película
que fue cancelada
antes de salir al aire?

Aunque vayas a la misma parada
a tomar la misma línea,
este móvil ya no va a pasar.
Aunque viajes a la misma isla
y en la misma época del año
este hotel no te va a resguardar.
Aunque busques la misma película
en la misma página de siempre,
no va a aparecer la misma actriz.

Porque podría haber sido tu destino final,
podría haber sido tu tan preciado hogar,
podría haber sido en tu película la actriz principal.
Podría.
Y cómo me habría complacido.
Habría sido la vivienda más cálida,
un show noche tras noche, inmortal;
un libro memorable, histórico, único,
la noticia que cambiara el mundo;
la canción más exitosa del siglo.
Podría haberlo sido.

Podría haberlo sido todo.

Pero elegiste
ponerme
de extra.
Y los extras destellan un segundo,
un efímero momento de gloria,
y desaparecen
en el olvido
para siempre.

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