Límites

La que se lanzaba al océano sin salvavidas.
La que se tiraba del avión sin paracaídas.
La que exploraba la selva sin mapas.
La que apostaba aunque no le quedara ya nada.
La que se entregaba en su entereza:
Su tiempo, su corazón, todas sus fuerzas.
Esa, la que te cantaba cuando necesitabas aliento.
La que escuchaba las palabras que dejabas en el viento.
La que te abrazaba cuando te llovían los párpados.
La que en tus victorias te aclamaba con aplausos.
La que te ayudaba a alimentar tus sueños.
La que nunca se rendía en el juego.
La que teñía tus días de amor y contención.
La que nunca
te abandonaba 
a tu suerte
en el eterno laberinto
de tu confusión.

Esa.
Sí, esa.
Esa se fue.
Esa ya no está.

Esa murió.

Como las confesiones de un borracho en la madrugada, 
Como el amor de una noche en la mañana, 
Como el reloj que se rompió 
porque
se acabó
su tiempo.

Se murió. Se mató. 
Se apuntó 
con la realidad 
a la cabeza 
y se acribilló.

Como el infante que se entera la verdad
del Ratón Pérez, los Reyes Magos y Papá Noel,
como el que pierde la ilusión por la democracia
despues de votar por primera vez,
como el desesperado que reza cada noche en el hospital
e igual se le va su mujer.
Se les derrumbó la fé.
Y lo que se quiebra
ya no puede volver a ser.

Se murieron.
Se murió el infante.
Se murió el joven.
Se murió el marido.

Se murió ella.

Ya no existe más.
No la busques,
no la intentes convocar.
Si te importaba tanto,
le podrías haber dado la mano
para sacarla de la oscuridad,
como ella hizo por vos
en alguna que otra oportunidad.

No la busques ahora
sólo porque necesitás su soga
para salir del pozo
en el que andás metido.
No la busques ahora
para después volver a olvidarla
porque tus deseos de hoy
se extinguen a primera hora mañana.
No la traigas a la vida
para usar sus vitaminas,
drenarle las energías
y dejarla
otra vez
vacía.

Dejala
descansar
en paz.

Se mató porque reaccionó,
porque se cansó,
porque la exprimieron tanto
que al final se le deshizo el corazón.

Porque entregarse era su primer mandato,
pero tantas veces se cruzó con el diablo
que se acostumbró al infierno 
y al final se quemó con su fuego.

Porque tenía construidos unos castillitos
de esos que hacen en la arena los niños
pero antes de dejar que se los pise alguien más
decidió tirarlos sola y que los acoja el mar.

Esa,
la que conocías,
ya no está.

Llegó al límite, 
pero la empujaron aún más
y se quebró en pedazos
que ya no se pueden juntar.

Se mató 
porque era mejor
morir por sus propias manos
que vivir rompiéndose
en manos de los demás.

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