El Rosedal

     -Esto no va a funcionar- exhaló levantándose repentinamente de la cama, escapando de sus emociones. 

     Llevaba ya meses enloqueciendo por él. Días recordando sus momentos juntos, noches soñando cómo sería su reencuentro. Cuándo lo vería, dónde ocurriría, qué pasaría, todo. ¿Se cortaría su respiración al verlo allá, a la distancia? ¿Se revolvería todo dentro suyo al acercársele? ¿Le temblarían las piernas al mirarlo a los ojos? ¿Que iba a pasar? ¿Iba a ser lo mismo? ¿Iba a ser aún mejor? ¿Habrían sus sentimientos florecido a la par o era todo una cruel broma del destino? 

     El caso es que sí; todo aquello acumulado durante meses había servido de semilla para plantar el rosedal más glorioso jamás visto. Que sí; sus pulmones, su corazón, sus músculos, todo en su cuerpo falló un segundo al tener frente a ella lo que tanto había deseado habiendo llegado a creerlo imposible, inalcanzable. Y no se terminaba ahi, no: la magia de aquel momento escapaba a todos los límites de lo posible e incluso de la imaginación. Fue como si el universo, por una vez en su vida, estuviera de su lado. Por una vez, ella podía ganar, si jugaba bien sus cartas. Y no una mano, sino todo el juego. Por una vez podía tener su final feliz. 

     ¿Y entonces qué? ¿Un error? ¿Podía un desliz arruinarlo todo? ¿Podía olvidar lo que se había generado en su cuerpo desde el momento en que lo vio por primera vez? ¿Podía ignorar toda la belleza que se levantaba frente a ella y cortar todas las hermosas, sensuales y exquisitas rosas de su jardín sólo por un par de espinas? 

     Estaba muerta de miedo. Jugando descuidadamente en su edén se había pinchado con una púa. Ciega por la pasión escondida en el rojo de sus flores había pasado por alto que toda rosa tiene su espina. Toda felicidad su debilidad. Y todo amor viene con un poco de dolor. Era muy bonito, muy divertido pasearse extasiada por aquella rosaleda, como una niña perdida en su fascinación, pero ¿qué pasaría con esas astillas? ¿qué pasaría cuando el corazón dejara de ser todo saltitos de alegría y derramara alguna gota de sangre? ¿Estaba ella lista para correr ese peligro? 

     De pronto ya no vio rosas. Entró en pánico, el panorama se oscureció y delante suyo visualizaba solamente montones y montones de espinas, amenazas listas para lastimarla, para clavarse en su pecho, para destruir su amor. Su rosedal había crecido, sí, pero era una bomba de tiempo. Una bomba de tiempo cuya detonación ella no quería presenciar nunca.

     Así que se vistió poco a poco, como pudo, huyendo de todo, saboteándose a sí misma por una idiotez. Él se levantó también, sorprendido, mirándola con ojos tristes que pedían a grito pelado que no se fuera. Una espina. Una sola en todo su magnífico rosedal y ya había decidido abandonarlo para siempre, así sin más. Dejar que se pudriera el jardín entero, que cada mísera flor se echase a perder. Todo lo construido, siendo derribado ¿y por qué?

     Salió a paso ligero, pero fue para ambos un momento eterno. A sus espaldas caían las rosas, una por una al suelo. Caían los besos, los abrazos, las sonrisas, las confesiones, caía cada flor y ahi se quedaban para morir. 

     Hasta entonces él no había entendido el giro que había tomado la historia. Pero ahora todo estaba más que claro. No el problema, no. Eso le importaba poco y nada. De hecho, era algo minúsculo frente al pulso acelerado que notaba cuando ella le sonreía, la calma que encontraba en sus caricias y el desenfreno que sentía en su boca. Porque un parque como el suyo no merecía ese final. Merecía letreros gigantes invitando al público a pasar a visitar, bancos para sentarse a apreciar toda una tarde el encanto del lugar. Merecía que se impregne toda la ciudad con el aroma de sus rosas, que el mundo entero se enterase de que lo más lindo del universo lo tenían ellos dos.

     Así que esta vez se levantó decidido de su lecho, agarró cada rosa desplomada y se abalanzó sobre la puerta directo a buscar a la mujer que amaba. Y ahi estaba, en la calle con un frío de locos y el cielo llorando con ella. Se acercó, con sus brazos repletos de flores y una mirada implorante. Al tocarla el ambiente de golpe se sintió más cálido y la lluvia se volvió irrelevante. Extendió sus manos, mostrándole lo que cargaba.

     -Este es todo mi amor por vos- le confesó, sosteniéndole una mirada infinita en profundidad y en adoración-. Es algo que sólo puede crecer, y si te duelen sus espinas yo las saco una por una con tal de verte feliz. 

     Silencio.

     Sus ojos se conectaron un segundo, pero a través de ellos se miraban cara a cara sus almas.

     Y entonces se abalanzó sobre él, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón explotándole de felicidad, y en un beso se fundieron todos sus colores, los de ambos: el azul de su tristeza, el rojo de su pasión, el amarillo de su júbilo, el blanco de su pureza, el negro de sus secretos. Todo ello brotó de sus cuerpos, y las rosas ya no eran más rojas, no. Ahora crecían a su alrededor de cada color, como un arcoiris. Y el rosedal se vio muchísimo más especial, años luz más maravilloso, así.

     Al fin y al cabo eso es el amor, ¿no? Un rosedal lleno de espinas creciendo a nuestro pesar... sin embargo, el desafío es ver más allá y convertirlas en belleza, ver el fuego escondido en la oscuridad, la oportunidad escondida en un error, la perfección de cada defecto.

     Y entonces te encontrás con el mejor rosedal, uno con todos los matices y caras del alma. 

El rosedal del amor.

Comentarios

Publicar un comentario